jueves, 19 de julio de 2007

Una vivencia en Armenia

Dedicado a mi querida Laura.


Antes de comenzar quiero aclarar que hay algo que Freud llamó despersonalización y que vendría a ser un tipo de enajenación pero con uno mismo (si lo explico así en la facultad no llego al 4), pero continuemos...Lo decía porque hace un par de semanas viví algo por estilo; no Sigmund, no te revuelques en tu tumba por lo que voy a decir (¿o te cremaron?), por favor.

La situación fue así...(esta es la parte donde describo el contexto): Restaurante (sí, pronunciando la E final) Armenio, un amigo pretencioso que cumplía años, amigos en común y amigos del tipo “los otros”. Esta especia a la que continuaremos llamando “los otros” se caracterizaba por un lenguaje constituido por nombres de páginas de internet, transformadas en verbo. Para ser mas claros era algo así: “yo googleo, tu wikipedias, vosotros flogeais”, además de cada tanto pronunciar números y letras en un orden sin sentido, que luego logramos descubrir eran modelos de celulares “Z8500, J600”, sumado a otros balbuceos por el estilo. Sus intereses se centraban en “viajes por el mundo”, aunque sólo alcanzaron a nombrar Francia, y en ir a exposiciones de autos.

La noche transcurría en paz mientras nosotros estudiábamos a esta “especie porteña”, que “allá lejos”, donde vivimos, no tenemos la posibilidad de apreciar. Nos mantuvimos callados, claro, porque no queríamos dejar escapar ningún detalle de estos singulares ejemplares debido a que todo nos parecía tan ajeno...Hora y media había trascurrido serenamente hasta que ocurrió un momento de tensión absoluta. Momento único en el cual los dos mundos se rozan y como podemos apreciar en la historia de la humanidad, siempre que una cultura no comprende a la otra...hay guerra.

Me temo que en este momento debo bajar el nivel de expectativas y aclarar al querido lector que lo que sucedió no fue exactamente de ese modo. Guerra, lo que se dice Una Guerra no llegó a estallar, pero una de las partes, debo decir, definitivamente lanzó un misil.

La hembra dominante, un personaje sobresaliente por su tono agudo de voz, su pelo quemado, tal vez por tantas ideas, y su cinturón onda Shakira (la asociación en su mente fue Shakira-árabe-armenio) decidió salirse por un microsegundo de su reducido ecosistema y hacer un intercambio con un tono muy irritante hacia nuestro bando. Su cuerpo, inclinado hacia adelante buscando la conexión con los machos alfa de su especie, se volteó hacia nuestro lado y mirando a una de nosotros se limitó a decir: “Ay, ustedes se están aburriendo porque no entienden lo que nosotros decimos...”.

Ese momento fue clave. Finalmente se produjo la enajenación. Mi ser se dividió en dos: una parte de mi quedó paralizada por el estupor que tantas frivolidades juntas había producido en su cuerpo ya desde unos minutos atrás. Parálisis total sumado a una leve incredulidad por lo que estaba oyendo, situación parecida a la de los sueños cuando uno intenta con todas sus fuerzas correr pero no lo logra. Otra parte de mi, en cambio, cruzó la amplia mesa de un salto hasta encontrarse a unos centímetros de ese prototipo de “chica top” y rodeó su cuello con sus manos presionando cada vez más fuerte al tiempo que le introducía ese arroz persa por su boca para que de ninguna manera pudiese respirar. El sujeto mal teñido pataleaba hasta que se desvanecía por completo...

La situación duró unos pocos segundos; cuando mi cuerpo inmóvil estaba listo al fin para reaccionar tal como lo había imaginado, ese maldito Superyó entró a la escena. No querida Jacqueline Dutrá, el Superyó no es un superhéroe de tiras cómicas sino aquella instancia crítica que juzga desde lo moral e impide que realicemos ciertas acciones que podrían ser muy placenteras pero condenables.

Que triste. Una parte de mi había contemplado a la otra y había calificado sus deseos como “irrealizables por respeto a un amigo”. Y ese amigo, no era cualquier amigo, NO, era Facundo. Era tal la sensación de impotencia, que ni yo podía creer que estaba dejando de hacer algo que hubiese traído consigo un goce demasiado alto para ser verdad por “respeto a Facundo”. La energía que corría por mi cuerpo y que me preparaba para la acción se vio detenida y concentrada en un solo lugar...Mis dientes, dientes que mordían mis labios y la saliva fluyendo cada vez más como la de la bestia que tiene a su presa a unos pocos metros pero que no la logra alcanzar a causa de una cadena que deteniéndola se hace llamar Superyó.

...Finalmente la noche terminó y todos los actores integrantes se retiraron ilesos. Sin embargo, con una última mirada logro decirle a ese personaje insulso pero egocéntrico que “esta vez tuve clemencia, pero la próxima nadie te salva de que mi tenedor termine incrustado en tu ojo izquierdo” y me despido sonriente tratando de ignorar ese comentario del tipo: “Facu, ¿aca hay taxis? porque en París no había ninguno”...Será que allá no son amarillos y negros nena.

martes, 17 de julio de 2007

El día arrancó mal parido...


Key words (feas) utilizadas en este texto:
bonito-beber-cafetera-caracol-vomitar-remisse

Es así, dicen: “la naturaleza te da señales”; de hecho hubo una vez en la historia de las malas publicidades argentinas, una de ellas que hablaba de esto mismo (Cerealitas si no me equivoco)...

Me levanto 7.10 de la mañana con el sonido de mi despertador y negarlo no me llevaba a ningún lado, tras solo un par de horas de sueño la realidad me golpeaba en la cabeza con un bate de baseball...Y así se sentía. Maldita contractura que dolor espantoso.
Me resigno, me visto, voy hacia el espejo, mi cara esta más blanca que la nieve del 9 de Julio (de alguna manera había que mencionarla). Pero una cosa es el paisaje y otra la cara, no quedaba bonito.

Una vez que el look decente fue incorporado, baje a desayunar (beber una taza de café parada, mientras hago 8500 cosas que no pude hacer la noche anterior). Pero esta vez, no fue tan sencillo. Al momento que agarro la cafetera y me dispongo a verter su contenido dentro de la taza, esa especie de tapa que sabes que no anda bien se cae, derramando todo el líquido caliente, muy caliente, sobre mi mano izquierda. Sin embargo, eso no fue lo peor...parece ser que las publicidades de colchones y de somníferos tienen razón: “para estar bien despierto, tenés que estar bien dormido”. Como puntualicé anteriormente, no era mi caso...literalmente tenía menos reacción que un caracol. Largos segundos pasaron hasta que me percate (cuando finalmente la sensación de ardor llego a mi cerebro) de que algo malo estaba sucediendo. -“Cafetera de mierrrrda, como me queme, la puta madre”. Y ahí estuvo mi señal....esa señal que me decía con un grito ardiente (muy ardiente) no salgas de casa hoy, quedate durmiendo. Lastimosamente en ese momento la subestimé...¿Cuánto puede saber una cafetera?...Sabía y mucho.

Lista para salir y con una quemadura de primer grado, me apuro para no llegar tarde a la casa de mi amiga Vicky (su padre, un hombre muy amable nos iba a alcanzar a la facultad). Llego a su casa y su tranquilidad me impacienta... “sentate Nati, ¿querés una tostada?”. Yo sólo quería llegar rápido a la facu, para volver rápido e irme a dormir rápido; el dolor de mi cabeza era cada vez más intenso, y mi mano evidenciaba claramente una señal que ignoré.

Tras largos minutos de serena rutina de mi pintoresca compañera, espero en su cocina mientras ella le abre el garage a su padre y sacan el auto. Vuelve, y sin perder su particular calma una frase sale de su boca y lastima mis oídos: “El auto no arranca, tenemos que ir en colectivo”. Hago cuentas mentalmente, un viaje en auto que duraría media hora, se convierte en uno de una hora y media (con suerte) entre espera y colectivos...A esta altura son 8.30, no hay chances de llegar a las 9. ¿Y si no puedo firmar la materia que se me vence justo hoy? ¿y si pierdo la promoción? ¿Y si...? Basta! finalmente decido contagiarme del sosiego de mi amiga y partir felizmente hacia Pilar.

Tomamos así un colectivo que nos llevaba hacia la parada del 57 y lo esperamos, decidida yo a no mirar la hora por nada del mundo y fingir que en realidad era mucho más temprano.
El colectivo, feo feo y sucio, muy sucio, llega, y en una lucha por la supervivencia, esquivando empujones de viejas atolondradas e irrespetuosas y sintiéndome como Jackie Chan, logro finalmente sentarme. “A esta hora seguramente ira más rápido”. Yo mantenía una ilusión, ilusión que duro 12 segundos y que se esfumó al oír el sonido agonizante de ese motor que rogaba que dejen de exigirle tanto.
Un ruido estrepitoso y humo que se apoderaba cada vez más del oxígeno que debíamos compartir 150 personas en ese espacio tan reducido, sumado a la contractura que me mareaba, me dieron ganas de vomitar. Es increíble como el apuro te lleva a percibir paradas que nunca antes habían existido y que resultan completamente absurdas. Te das cuenta que ese trasporte público frena cada 75 metros y que su recorrido consiste en 90% colectora, 10% autopista.
Milagrosamente, ese motor no murió y
llegamos al centro de Pilar, ahora solo bastaba conseguir un remisse que nos dejara en la facultad. Como era de suponer (no por la hora, sino por la mala racha) había demora. El inhalar ese humo de colectivo parece que realmente me había afectado y ya me hacía ver una cara en mi mano quemada que me decía “yo te lo avise”. No importaba, había llegado muy lejos y era tarde para renunciar.

El viaje en auto de Pilar hacia El Salvador finalizó sin mayor complicaciones, pero una vez allí, la odisea no acabo.
-
“Hola profe, soy de tercero, vengo a firmar”.
-
“No estas en lista, tenes que ir a secretaría”.
Por suerte no era la única con este problema, aparte de Vicky había un par de personas más y el hecho de compartir el sufrimiento parece hacerlo más tolerable.
La anciana canosa, que la semana pasada nos dijo que nos iba a solucionar el problema de no poder anotarnos en esa mesa de examen, nos decía ahora que era imposible que ella hubiese tomado tal ridículo compromiso para con nosotros.
Cuando mis esperanzas se vieron esfumadas por completo, finalmente, tras unas dos horas de espera, pudimos firmar la materia.

¿Lo más gracioso? Descubrimos que eso de que “la promoción vence en un año” es un mito para asustar estudiantes, como aquello del hombre de la bolsa y Papá Noel y que la mejor decisión hubiese sido reírme de ese despertador y esperar tranquila el calor de diciembre.

Y todavía quedaba volver...